Revisando la caída del salario real en Uruguay en los años 70s

Hace algunos días escribí un post en el que expresé mi inconformidad con la serie de Salario Real del Instituto Nacional de Estadística de Uruguay, según la cual ese indicador habría caído a la mitad durante los años setenta. Señalé entonces que, sin dudar que el salario se redujo –en parte porque antes estaba en unos niveles insostenibles- una caída de esa magnitud me parecía poco creíble. Una de mis razones es que conducía a resultados absurdos tanto en la comparación internacional como respecto a la propia historia del país. Si esa caída fuera correcta, entonces “en 1970 el salario medio era un 74% SUPERIOR al de 2010, mientras el PIBpc era menos de la mitad! (más específicamente el 43%)”.

Ayer hubo una interesante discusión en Twitter respecto a este asunto en la que, además hacer un par de comentarios injustificados sobre la literatura del período (disparate dijo Gabriel Oddone, y con razón) hubo en general acuerdo de que la serie no es creíble, e intercambiamos con Sebastián Fleitas y ese ser ignoto que es Casandra Orejana sobre las posibles causas de error.

La cuestión es que tuve mala noche, y durante el buen rato de insomnio que sufrí, se me ocurrió el ejercicio que presento a continuación.

Pensé que si teníamos en cuenta los cambios en el PIB, la parte de éste que corresponde a sueldos y salarios, y la tasa de actividad, entonces podríamos elaborar un índice de salario real alternativo. Recordé también que el paper de Melgar de 1981 tenía estos datos para algunos años (pretendiendo así reivindicarme de mi olvido de este y otros trabajos) y hoy, en mi tranquilo reintegro al trabajo en Facultad (aquí no hay casi nadie) me propuse hacer los cálculos. Este fue mi punto de partida:

Tasa de Actividad

Sueldos y Salarios /PIB

PIB

1970

49 % 0,454 100

1979

54 % 0,315

128

 

Lo que hice fue estimar, a partir de esas variables, la caída del salario real entre 1970 y 1979 (este es el último año para los que Melgar presenta datos de sueldos y salarios en el PIB) y esto es lo que me dio:

ISR INE

(1970=100)

ISR Corregido

(1970=100)

1970

100

100

1979 54

81

 

A partir de entonces recalculé la serie de salario real del INE de forma tal que entre 1970 y 1979 siga las mismas variaciones anuales, pero ajustada para que entre esos dos años “caiga” de 100 a 81 en lugar de 100 a 54. A partir de 1979 las variaciones de ambas series son idénticas. Este es el resultado:

Índice de Salario Real en Uruguay, 1970=100. Serie oficial y corregida según procedimiento descrito en el texto

ISR INE y Corregido

Fuentes. ISR INE: Instituto Nacional de Estadística de Uruguay. ISR INE Corregida: Calculado a partir de ISR INE, Melgar (1981) y datos de PIB de IECON.

Según la nueva estimación, en 2013 el salario medio alcanzó prácticamente el nivel de 1970, en lugar de estar 1/3 por debajo como se desprende de la serie oficial. Ustedes eligen, pero más allá de las muchas dudas que me sigue dejando la serie corregida (en parte porque la hice en un rato y mal dormido), a mi me parece más creíble.

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La dictadura no pudo ser tan terrible

Estoy trabajando en cosas comparadas de ingresos y desigualdad entre Chile y Uruguay y volví a revisar la serie de salario real de Uruguay para los últimos 45 años:

Índice de Salario Real de Uruguay (1968-2015)


Fuente: INE 

El problema es que esa caída a la mitad durante la dictadura (incluso más de la mitad si tenemos en cuenta la recaída de la crisis de 1982) me resulta cada vez menos creíble. Me refiero a la magnitud, no a que el salario haya caído. Si estuviera bien significaría, por ejemplo, que en 1970 el salario medio era un 74% SUPERIOR al de 2010, mientras el PIBpc era menos de la mitad! (más específicamente el 43%). No puedo creerlo. Seguro que el salario cayó, tanto porque antes era insosteniblemente alto, como porque la dictadura se propuso promover la redistribución del ingreso en contra de los asalariados, pero no pudo caer tanto.

Hace años Ramón Díaz, en un libro bien malo (por decir lo menos) señaló que durante los años setenta la evolución del salario real estaba mal medida porque para estimar los precios se mantuvieron canastas de consumo desactualizadas, que sobre representaban los productos industriales nacionales, que eran más caros que los importados que pudieron adquirirse con la liberalización comercial y financiera que comenzó en esos años. Según Ramón, el cambio en los precios relativos en favor de los bienes importados debió modificar la canasta de consumo, lo que no se recoge en el IPC y por tanto en el salario real.

No me cae nada bien Ramón Díaz (nuestro neoliberlal nº1), -y menos me cae la dictadura-, pero debo admitir que su argumento debe tener más de un grano de verdad. Hay que reestimar el salario real de esos años, y la forma será recalculando las canastas con las que se calcula el IPC.

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Entrevista a Adam Przeworski

Przeworski es un tipo que hay que leer, entender y volver a leer, porque es probable que lo que entendiste no sea todo lo que te estaba diciendo. Su concepción de la democracia es tan rica y tan compleja que cualquier institucionalista de los que solemos leer y hasta a veces venerar dentro de la Historia Económica se debería sentir chiquito al lado de este señor.

Les dejo esta entrevista a que le hicieron en su visita a Uruguay para dar una charla sobre los 30 años de restauración democrática, a propósito de su concepción del concepto de democracia y su complejidad. Salú!

Politólogo Adam Przeworski: La democracia es un sistema en el que “los partidos de gobierno pierden elecciones”

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La extrema riqueza en Chile y el empobrecimiento de la clase media

Atenazados por los escándalos sobre el financiamiento ilegal de la política, la elite chilena pasa por un tiempo difícil. En medio del escándalo, cada vez más gente recuerda que muchos de ellos deben su riqueza no a sus méritos, sino a sus conexiones políticas, que comenzaron con las privatizaciones fraudulentas durante la dictadura y siguieron durante los sucesivos gobiernos democráticos. Los grandes empresarios están bajo sospecha, ya no parecen un modelo a seguir.

Esta situación coyuntural vuelve a poner en cuestión el problema de la extrema desigualdad de Chile, y es normal, porque si Chile es uno de los países más desiguales del mundo (Gráfico 1), lo es porque sus ricos son extremadamente ricos.

Gráfico 1: Desigualdad de Ingreso en 134 países (2012). Índice de Gini. Chile en rojoÍndice de GIni circa 2012. Chile (en rojo) en comparación a otros 133 países

Fuente: PNUD 2013

Una forma simple de apreciar en qué medida los muy ricos de Chile son efectivamente muy ricos en términos comparados es analizar la lista que publica la Revista Forbes, con las fortunas superiores a 1.000 millones de dólares.[1] En la lista correspondiente a 2013 aparecen 14 chilenos, pero para nuestro análisis hemos seleccionado a las primeras 1.000 fortunas, lo que supone una cota mínima de 1.500 millones de dólares. Ello reduce la cantidad de chilenos a 12, con una fortuna total de 59.000 millones de dólares. Luego hemos agregado las 1.000 fortunas por país, comparándolas con los respectivos PIB. En el caso de Chile, las 12 fortunas que se ubican entre las 1.000 mayores del mundo equivalen al 22% del producto, lo que le ubica en el octavo lugar. Si, como se hace en el Gráfico 2, excluimos del análisis a tres Estados con un PIB inferior a 10.000 millones de dólares -St. Kitts and Nevis, Swazilandia y Mónaco-, Chile pasa a la quinta posición, lo que vuelve a ubicarlo entre los países más desiguales del mundo, esta vez en términos de la riqueza en manos de su elite.[2]

Gráfico 2: Grandes fortunas en relación al PIB en 2013 (Chile en rojo) 

Grandes Fortunas en relación al PIB. Chile en rojo

 Funtes: calculado a partir de Revista Forbes y Banco Mundial

Hay quienes sostienen, sin embargo –y en Chile abundan- que la desigualdad no es tan relevante, que en la medida de que haya expansión económica y se reduzca la pobreza poco importa si hay mucha distancia entre unos y otros, porque el crecimiento es como una marea que levanta todos los botes. Desconocen, o pretenden desconocer, que la elevada desigualdad de su país empobrece de hecho a la mayoría de los chilenos. Ello puede apreciarse mediante el ejercicio de comparar el ingreso por deciles de Chile y Uruguay, que tiene un nivel de desarrollo similar, un ingreso medio inferior y menor desigualdad.

Según datos del Banco Mundial, en 2011 el Ingreso Nacional Bruto per cápita –expresado en dólares ajustados por paridad de poder adquisitivo- era de US$ 19.037 en Chile y US$ 17.041 en Uruguay. En otras palabras, el ingreso medio en Chile era entonces un 12% superior al de Uruguay. Ese mismo año, la desigualdad de ingreso -medida por el índice de Gini- era de 0.508 en el primer caso y de 0.434 en el segundo. Por ello, si distribuimos el mayor ingreso per cápita de Chile en función de la participación en el ingreso de cada decil, y lo comparamos con el ingreso por deciles en Uruguay, surge una imagen del bienestar en cada país diferente de aquella que se derivaría de un análisis centrado en el ingreso medio (Gráfico 3).

 Gráfico 3: Ingreso por deciles en Chile y Uruguay, dólares pppIngreso por deciles en Chile y Uruguay en 2011

Fuentes: calculado en base a CEDLAS y Banco Mundial

Los tres deciles más pobres de Chile presentan un ingreso similar al de sus pares de Uruguay, por lo que la mayor desigualdad implica para ellos la pérdida de ese 12% que diferencia al ingreso per cápita de ambos países. La situación es aún peor para los sectores medios –deciles 4 a 8-, dado que el mayor ingreso per cápita de Chile no sólo se evapora por completo, sino que incluso perciben un ingreso que es entre un 5% y 9% inferior –en términos absolutos- al de su contraparte uruguaya. Finalmente, los dos últimos deciles de Chile tienen un ingreso absoluto superior a sus equivalentes de Uruguay, pero hay importantes diferencias entre ellos. En el caso del noveno decil, la diferencia es menor a la que cabría esperar en función del ingreso medio; en el último decil, por el contrario, la diferencia es mucho mayor. En otras palabras, el mayor ingreso per cápita de Chile respecto de Uruguay nada significa para el 90% de los habitantes de aquel país. Más aún, son justamente los sectores medios –esos mismos que se han endeudado para enviar a sus hijos a la Universidad– los que más sufren la elevada desigualdad que caracteriza a Chile.

Pero incluso este resultado, elaborado a partir de encuestas de hogares, reduce el impacto que la extrema riqueza de la elite tiene en el empobrecimiento del conjunto de los chilenos -y en particular de sus sectores medios. Como es sabido, las encuestas captan muy mal los ingresos más elevados, razón por la cual los estudios que se especializan en estudiar los últimos percentiles de ingreso recurren a fuentes fiscales (Atkinson, Piketty & Saez 2011; Alvaredo 2011; Piketty 2014).

Si reiteramos –a partir de fuentes fiscales- la comparación de ingresos en Chile y Uruguay por percentiles, se aprecia que el efecto de empobrecimiento debido a la elevada desigualdad del primero es incluso mayor de lo que surge del análisis a partir de encuestas (Gráfico 4).

Gráfico 4: Ingreso en Chile como porcentaje del ingreso en Uruguay para diferentes sectores de la población

INgreso del 1% en CHile como % de Uruguay

Fuentes: calculado en base a López et al. (2013), The World Top Income Database, y Banco Mundial

Según López et al. (2013) en el año 2010, el 1% de la población de mayores ingresos de Chile captó el 31,1 % del ingreso total.[3] En Uruguay, y según The World Top Incomes Database la misma proporción de población captó el 14,6% del ingreso total. Ese mismo año, la diferencia en el ingreso promedio entre ambos países fue de 13% a favor de Chile.[5] De ello se sigue que los miembros de la elite chilena –considerando por tal al 1% de mayores ingresos- tuvo un ingreso un 144% superior a sus pares de Uruguay, mientras el 99% restante de la población de Chile debió conformarse con un ingreso un 9% inferior en términos absolutos -en promedio- que el del 99% de los uruguayos. En suma, lo obvio, pero a veces olvidado: la alta desigualdad, especialmente si se debe a la concentración en la cúspide, empobrece a la inmensa mayoría, y en Chile, especialmente a la clase media.


P.D. Este post es una reelaboración y profundización de un post anterior


Notas

[1] Para ello nos hemos inspirado en ejercicios similares realizados por Solimano (2012: Cuadro 7.1), y Branco Milanovic:

[2] Realizamos aquí una aproximación, en tanto estamos comparando una variable de stock –riqueza-, con una de flujo –PIB. Lo correcto sería comparar las grandes fortunas con el stock de riqueza de los países, pero estos datos no están disponibles. Por otra parte, parece razonable suponer que la riqueza acumulada en un país esté relacionada con el tamaño de su economía.

[3] Cálculo teniendo en cuenta las utilidades retenidas pero excluyendo las ganancias de capital.

[4] Según los indicadores de desarrollo del Banco Mundial

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Globalización y Desigualdad. Por una versión “sofisticada” de la interpretación neoclásica

El tipo de crecimiento intensivo en recursos naturales que caracterizó a Chile y otros países periféricos durante la Primera Globalización, ha sido asociado a un incremento de la desigualdad (O’Rourke & Williamson 1999; Williamson 1998, 2011). Según el enfoque Heckscher-Ohlin-Samuelson que adoptan estos trabajos, la mayor demanda de bienes intensivos en recursos naturales que enfrentaron estas economías al integrarse al mercado internacional, condujo a un incremento de la retribución al factor que poseían en abundancia. En el caso de América Latina, ese factor era la tierra, por lo que la globalización incrementó los ingresos de la clase terrateniente y por tanto de la desigualdad. Sin embargo, y aunque no caben dudas de los sustantivos aportes realizados por esta línea de investigación, también es cierto que la misma ha simplificado en exceso la perspectiva que se adopta de la Globalización, la que es vista básicamente como una ecualización de precios. Por eso, hace ya algunos años Harley (2007) argumentó a favor de una reorientación de los estudios sobre la Primera Globalización, trayendo nuevamente al centro de la escena el concepto de «expansión de la frontera». En su opinión, ello permitiría tratar aspectos cruciales del proceso que quedan fuera de la mirada neoclásica, como el papel del progreso tecnológico, los cambios institucionales, o la centralidad de las relaciones de poder en la apropiación de los recursos naturales. Pero incluso algunos aspectos de la relación entre globalización, frontera y desigualdad que encuadran perfectamente dentro del enfoque neoclásico, no han sido tratados por esta literatura. Me refiero a la dinámica evolución de la dotación de factores y su dimensión regional. Efectivamente, la expansión de la frontera ocurre sobre zonas relativamente deshabitadas, por lo que su explotación en el marco del capitalismo atlántico requiere la movilización de mano de obra hacia dichas regiones. Una vez se tienen en cuenta los aspectos dinámicos de la expansión de la frontera sobre la dotación de factores, sus efectos sobre los ingresos y la desigualdad pueden diferir de lo esperado.

A fines de la década de 1870 Chile  se embarcó en una guerra con Perú y Bolivia a raíz de un conflicto con ese país sobre el cobro de impuestos a empresas chilenas que operaban en la región salitrera de Antofagasta, en ese entonces perteneciente al país andino. Al mismo tiempo, se desató una rebelión indígena en la Araucanía, una zona nominalmente chilena, pero ajena al control efectivo del Estado. Éste venció en ambos conflictos, y como resultado salió fortalecido y con una ganancia territorial del entorno de un tercio de la superficie anterior a 1880. Este proceso de expansión de la frontera supuso la incorporación de una gran cantidad de recursos naturales anteriormente subutilizados –en el norte- o ajenos al modo de producción capitalista –en el sur. Como consecuencia, entre 1880 y 1913 Chile pasó por un período de crecimiento económico conocido como el boom o ciclo salitrero.

Pero nuestro interés se centra en la dinámica de la expansión fronteriza y sus consecuencias distributivas. La Tabla 1 presenta una estimación aproximada del cambio en la dotación relativa de los factores en Chile debida a la expansión de la frontera. Se observa que la incorporación efectiva, durante la primera mitad de la década de 1880, de los territorios que luego conformarían las provincias de Antofagasta, Tacna, Tarapacá, Malleco y Cautín, amplió la disponibilidad de recursos naturales por habitante. Desde un punto meramente cuantitativo, la relación tierra/ hombres –medida por la superficie por habitante- se incrementó en casi de un tercio luego de 1880. Pero los nuevos territorios eran especialmente ricos en recursos naturales, por lo que ese 29% debe tomarse como cota mínima. Cualquier estimación que tenga en cuenta la calidad de los recursos que se incorporaron entonces daría lugar a una magnitud superior. Es decir que los recursos naturales se hicieron más abundantes en relación al trabajo.

Tabla 1

¿Y cuáles fueron sus consecuencias para los ingresos y la desigualdad?

El proceso de crecimiento económico originado en la expansión de la frontera supuso un aumento en la demanda de trabajo, posibilitando con ello un aumento de los salarios reales (Matus 2012). A su vez, parte de este incremento en la demanda se originó en la actividad minera, donde se pagaban salarios relativamente altos. Más aún, la expansión de la frontera supuso que se abrieran nuevas oportunidades para la población de gañanes trashumantes del Valle Central. Estos se dirigieron al norte en busca de salarios altos, al sur esperanzados por la expectativa de tierras, y a las ciudades, que el crecimiento minero alimentaba. La emigración de los trabajadores de la zona central, que alcanzó su punto máximo en algún momento cercano a 1895, alteró la relación tierra/trabajo en esa región, haciendo al último más escaso, lo que incidió en su retribución. Como muestra el Gráfico 1, entre 1880 y 1903 el ingreso anual de los trabajadores rurales no sólo se incrementó, sino que pasó de representar el 37% al 64% del de los  trabajadores no calificados de la ciudad.

Gráfico 1

Al crecer a una tasa superior a la del ingreso medio, el aumento de los salarios de trabajadores no calificados constituyó uno de los mecanismos que condujeron a una mejora en la distribución del ingreso. La magnitud de este impacto es algo que se intenta aproximar mediante dos ejercicios contrafactuales, cuyos resultados se presentan en el Gráfico 2. Allí se compara la tendencia del índice de Gini estimado con dos simulaciones, realizadas a partir de distintos supuestos contrafactuales sobre la evolución del salario no calificado. Por una parte, se supuso que los salarios reales de este tipo de trabajadores se mantuvieron estables, es decir que sus salarios nominales crecieron siguiendo la evolución del IPC. Según el ejercicio, en ese caso la desigualdad se habría mantenido prácticamente constante durante todo el período 1880-1903. En el segundo ejercicio se supuso que el salario de los trabajadores no calificados creció siguiendo la evolución del ingreso medio, lo que supone un incremento en términos reales inferior al originalmente estimado. En este caso, el resultado es una mejora en la distribución, pero inferior a la registrada en la estimación original.

Gráfico 2

Lo que diferencia la experiencia chilena de otros casos, es que quienes ocuparon y explotaron la frontera no provenían –salvo excepciones- del exterior, sino de la región central de Chile. En países como Australia, Nueva Zelanda, Argentina o Uruguay, la incorporación de recursos naturales a la producción se dio en paralelo a un proceso inmigratorio que modificó radicalmente la estructura y características demográficas de las sociedades receptoras. Se produjo así una carrera en que tanto los recursos naturales como el trabajo incrementaban su oferta. La razón por la cual la expansión de la frontera no condujo en estos casos a la reducción de la desigualdad que se observa en Chile, es que la carrera fue ganada por la oferta de trabajo, la que creció a un ritmo superior a la expansión territorial. Como consecuencia, aunque a la expansión de la frontera implicó un importante crecimiento de la dotación absoluta de recursos naturales, desde un punto de vista relativo lo que se produjo fue una reducción de la disponibilidad de tierra por habitante (Tabla 3). Se trata de una diferencia crucial respecto a la expansión fronteriza en Chile (Tabla 1).

Tabla 2 En el caso de las colonias australianas de South Australia y Victoria es posible seguir algo más de cerca la dinámica regional de los cambios en la dotación de factores y su retribución (Tabla 4). Victoria es un territorio relativamente poblado ya hacia 1870, y a medida que la llegada de población hace más escaza la tierra en relación al trabajo, la relación entre el salario y la renta de la tierra muestra la clásica caída que suele asociarse a un incremento de la desigualdad. La colonia de South Australia, por su parte, es una región fronteriza, en que se incrementa tanto la cantidad de tierra explotada como los habitantes. Se produce allí el tipo de carrera entre la incorporación de tierra y trabajo a la que venimos aludiendo, y tanto la dotación relativa de factores como la relación entre el salario y la renta asume una dinámica cambiante a lo largo del tiempo.

Tabla 3

La mayor parte de los trabajos de inspiración neoclásica que han señalado que aquellas regiones que durante la Primera Globalización estuvieron especializadas en exportar bienes intensivos en recursos naturales debieron mostrar un deterioro de la distribución del ingreso, han soslayado los aspectos dinámicos y regionales que la caracterizaron. Una vez se tiene en cuenta la expansión de la frontera, el resultado distributivo puede ser distinto del que se derivaría de la aplicación lisa y llana del enfoque de Heckscher-Ohlin-Samuelson. Pero si se adopta una versión más sofisticada –inspirada en Rybczynski (1955)-, que incorpore la dinámica de la dotación de factores, el enfoque neoclásico sigue siendo útil para comprender lo ocurrido con la desigualdad durante el período. Así, si la expansión de la frontera propició una reducción de la desigualdad en Chile, pero no en Argentina o Nueva Zelanda, ello fue porque en estos últimos casos la misma se produjo junto a un proceso masivo de inmigración gracias al cual la tierra se hizo más escasa en términos relativos. Chile, en cambio, apenas recibió inmigrantes, su frontera fue ocupada por nacionales, y por ello el cambio en la dotación relativa de factores tuvo el signo contrario. En Australia, finalmente, la situación es más compleja, en la medida que la dinámica de la dotación de factores y su retribución va asumiendo características cambiantes dependiendo de la región y el período en que se trate.

Pero incluso esta versión “sofisticada” del enfoque neoclásico no resulta del todo suficiente. Se requiere entender por qué Chile no recibió inmigrantes en una magnitud similar a Argentina o Uruguay. Es aquí que los factores institucionales deben entrar en escena. Una parte de la explicación, también coherente con el enfoque neoclásico, es que a pesar de su crecimiento de fines del siglo XIX, los salarios siguieron siendo más bajos en Chile que en Argentina o Uruguay (Matus 2013: 438). Ello se debió probablemente –al menos en parte-, a que el trabajo nunca fue tan escaso en Chile como lo era en esos países en momentos que comenzaban a recibir inmigrantes. Pero existieron también factores institucionales que si no impidieron la inmigración, seguro no la favorecieron.

La apropiación de las tierras fronterizas ha supuesto en todos los casos la violación masiva de los derechos de los habitantes originarios, -un ejemplo de que, al contrario de lo que sostiene la literatura neoinstitucionlista de pretensión universal,  la violación de los derechos de propiedad puede favorecer al crecimiento económico- y las instituciones y relaciones de poder vigentes durante la expansión han sido clave para determinar quién se queda con los territorios incorporados. En lo que refiere a Chile, la expansión de la frontera redujo la desigualdad, entre otras cosas, por la indefinición sobre los derechos de propiedad en la región que existió durante algunos años. Dicha indefinición se debió en parte a una pugna entre quienes deseaban repartir propiedades de extensión media entre colonos inmigrantes y quienes postulaban que las tierras del sur –una vez quitadas a sus habitantes originarios y ocupantes-, debían ser rematadas al mejor postor. Mientras tanto, el sur fue ocupado por miles de “colonos espontáneos” que, al abandonar el Valle Central, reducían la oferta de trabajo en la región de colonización tradicional –y sede territorial del poder de la elite- elevando así los salarios de quienes no emigraban.

Lo irónico es que el resultado final fue la expansión del latifundio sobre el sur, el obstáculo a la inmigración y, luego de 1900, un rápido deterioro de la desigualdad. Pero eso es otra historia (o más bien otro post).

P.D. 1: Este post se basa en el capítulo 6 de mi tesis doctoral y en Rodríguez Weber 2013

P.D. 2: Disculpas por pegar imágenes extraídas de un pdf para los gráficos y tablas, pero era la solución más rápida a mano

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Acemoglu & Robinson vs Piketty: el nuevo debate

Ya sabemos que a AR son excelentes en lo que hacen: marketing. Su estrategia principal desde hace un tiempo es generar debates, a partir de sus libros o a partir de los de otro. En este caso le tocó a Piketty, como no podía ser de otra manera, siendo que se está robando todo el protagonismo.
Les dejo por acá el paper que escribieron discutiendo El capital en el SXXI y por acá la respuesta de Piketty que parece que aceptó el guante y se puso a discutir.
También está este interesante poscast con el mismísimo Acemoglu hablando del tema.

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Reflexiones en torno al debate sobre el origen de la desigualdad latinoamericana y al rol que en el mismo le cabe al legado institucional colonial y a la Primera Globalización

persistencia desigualdad

En América Latina la desigualdad nunca ha dejado de ser un problema relevante, pero aunque existe consenso sobre su importancia, no lo hay sobre sus orígenes, sus causas, ni sus consecuencias. Lo ocurrido durante la Primera Globalización constituye un eje central en este debate. Es allí que Jeffrey Williamson –uno de los autores más prolíficos sobre la historia de la desigualdad latinoamericana- ha ubicado su origen. Respecto a sus causas, Williamson apunta a las fuerzas desatadas entonces, aduciendo que la especialización de los países latinoamericanos en bienes intensivos en recursos naturales benefició a los propietarios de dichos recursos.

De esta forma, los trabajos de Williamson (2010) –o de Dobado y García (2010)- desafían cierto «sentido común» según el cual la elevada desigualdad sería un rasgo muy antiguo y permanente de nuestro continente. Y es que, aunque antigua, la tesis del carácter estático y perenne de la desigualdad latinoamericana ha ganado espacio recientemente de la mano de los enfoques neo-institucionalistas. Según esta línea de argumentación, impulsada por autores como Engerman & Sokoloff (2012) o Acemoglu, Johnson & Robinson (2001, 2002), el origen de la desigualdad presente se ubica en las décadas siguientes a la Conquista, cuando se impusieron un conjunto de instituciones diseñadas para que la élite –los mismos conquistadores- pudieran extraer las máximas rentas posibles de la masa de trabajadores, aun a costa de un menor crecimiento económico de largo plazo. Este enfoque, que enfatiza el legado colonial como la explicación fundamental de la desigualdad presente en Latinoamérica, ha tenido amplia influencia, al punto que ha sido adoptada por organismos como el Banco Mundial (De Ferranti et al. 2004).

Pero según Williamson (2010)  este abordaje es equivocado, porque nada hay de singular en la desigualdad de Latinoamérica durante el período colonial. Es recién a fines del siglo XIX cuando, como consecuencia de la Primera Globalización, se produce el incremento de la desigualdad. De este modo, lo relevante en su opinión es explicar por qué la desigualdad no se redujo durante las décadas centrales del siglo XX, cuando así lo hizo en el resto del mundo.

Autores como Williamson (2010) o Dobado y García (2010) tienen razón al señalar que está lejos de haber sido demostrado que América Latina tuviera una desigualdad de ingreso comparativamente elevada antes de 1850. De hecho, es posible que tengan razón cuando sostienen que la poca evidencia disponible apunta a que durante el período colonial los niveles de desigualad eran similares a los de otras regiones comparables. Pero no es este el punto relevante. La discusión sobre cuándo cifrar el origen de la desigualdad latinoamericana es en realidad una discusión sobre sus causas y la dimensión temporal en la que actúan. Quienes destacan la centralidad de la Primera Globalización apuntan a que la desigualdad latinoamericana es el resultado de la interacción entre una determinada dotación de factores -caracterizada por la abundancia de recursos naturales- con la economía internacional. Se trata de una explicación eminentemente “mercadocéntrica”, en que las instituciones –como los derechos de propiedad sobre dichos recursos o las relaciones de producción entre los diversos actores- no son problematizadas ni explicadas, sino que se las considera algo dado, como el clima.

Estos enfoques llevan implícito, además, una concepción más bien simplista respecto al problema de la temporalidad en el devenir histórico. Asumen que sólo los procesos sincrónicos interactúan entre sí; es decir que para explicar la evolución de la desigualdad entre 1850 y 1870 debe apelarse a procesos que hayan ocurrido en esos años. Desconocen de ese modo el carácter multidimensional del tiempo histórico, caracterizado por la permanente interacción entre procesos diacrónicos y sincrónicos, lo que que se expresa en la influencia recíproca entre factores de corta, media y larga duración (Braudel 2002).

Y la importancia de la larga duración es justamente lo que reivindican los autores neoinstitucionalistas, quienes destacan el rasgo inercial de las instituciones y la capacidad de las élites para reproducir las condiciones que posibilitan sus privilegios. Aunque también es cierto que en su reivindicación del largo plazo suelen ir demasiado lejos. Uno siente que en su construcción argumental hay muy poco espacio para lo nuevo.

pies

De modo que criticar el falso antagonismo que se aprecia entre las dos líneas interpretativas que protagonizan el debate constituye la motivación central de este post. Efectivamente, no es necesario adscribir a la idea de que la desigualdad se mantiene incambiada desde el siglo XVI para reconocer que los procesos históricos y las instituciones legadas por el período colonial puedan seguir jugando un papel relevante mucho tiempo después, incluso en el presente. A su vez, señalar la importancia de procesos ocurridos en la segunda mitad del siglo XIX como la Primera Globalización, no implica necesariamente asumir que los mismos ocurrieron sobre una tabula rasa, en una sociedad sin pasado, sin historia, sin instituciones, ni estructura social forjada en los siglos precedentes. De lo que se trata, justamente, es de iluminar la forma en que los procesos de nuevo tipo, como la Primera Globalización, interactuaron con una estructura social e institucional que era el resultado de siglos de formación histórica. Por ello el problema relevante no es  a cuánto ascendía el Gini de la distribución del ingreso en la América Latina colonial, sino si rasgos y características –y en particular instituciones- conformadas durante el período colonial son relevantes para explicar lo ocurrido con la desigualdad después de 1850. Un problema que fue planteado por historiadores y economistas latinoamericanos mucho antes de su «descubrimiento» por parte de los autores de la corriente neo-institucionalista.

En este contexto, mi punto de vista -que traté de plasmar en mi tesis sobre desigualdad en Chile en el largo plazo– se aproxima a quienes destacan el rol de las estructuras de larga duración en la explicación de la evolución de la desigualdad de ingreso luego de 1850, pero sin olvidar que ésta se veía afectada, a su vez, por los profundos cambios y transformaciones que caracterizan al proceso de desarrollo. Mi argumento no descansa en afirmar la excepcionalidad de la desigualdad latinoamericana durante el período colonial pues, como bien señalan los críticos a la posición neo-institucionalista, no hay evidencia suficiente para sostenerla. Sin embargo, sin sostener que Latinoamérica, o Chile en mi caso, era más desigual en los siglos XVII o XVIII que la Francia de los borbones, el Japón de los sogún, o la Rusia de los zares, sí creo que las instituciones conformadas en ese período y vigentes en los siglos siguientes, en especial aquellas en que se anclaba el poder de la élite, constituyen un factor clave sin el cual no puede brindarse una explicación satisfactoria de las tendencias asumidas por la desigualdad durante el período posterior. Parafraseando a Williamson, la pregunta relevante no es si Latinoamérica se distinguía por su extrema desigualdad durante el período colonial, sino por qué características e instituciones conformadas durante la colonia, siguieron ejerciendo una influencia notable luego de 1850.

Pero constituiría un error pensar que las instituciones instauradas luego de la Conquista contenían ya lo que habría de suceder en los siglos venideros. Señalar que el entramado socio-institucional que incidió sobre la desigualdad desde mediados del siglo XIX tenía su origen en las relaciones de propiedad y subordinación impuestas en los siglos XVI y XVII, no supone sostener que aquellas se mantenían incambiadas desde entonces. Ni las instituciones, y mucho menos el conjunto del proceso histórico-económico latinoamericano de los dos últimos siglos, con sus logros y frustraciones, son nada más que el epílogo de la Conquista.

En suma, lo que se requiere para comprender la dinámica del desarrollo latinoamericano en general, y la elevada desigualdad que caracteriza a nuestro continente en particular, es analizar el proceso en su desenvolvimiento. Ello supone estudiar la dialéctica entre continuidad y transformación que caracteriza al devenir histórico, identificando qué papel juegan en ella a lo largo del tiempo los factores que se consideran relevantes.

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