Monthly Archives: March 2013

What was the role of slavery in American economic development?

A great op-ed in the New York Times about the role that slavery played in keeping the credit flow around the circuit  ->  London – cotton plantations – northern US markets.

The use of slaves as a collateral for debt is a well known topic, used also extensively in Brazilian plantations.

Here’s an interesting quote:

“It is not simply that the labor of enslaved people underwrote 19th-century capitalism. Enslaved people were the capital: four million people worth at least $3 billion in 1860, which was more than all the capital invested in railroads and factories in the United States combined. Seen in this light, the conventional distinction between slavery and capitalism fades into meaninglessness.

We are accustomed to reckoning the legacy of slavery in the United States in terms of black disadvantage. The centrality of slavery to the nation’s economic development, however, suggests that any calculation of the nation’s unpaid debt for slavery must include a measure of the wealth it produced, of advantage as well as disadvantage.”

The “rational use” of slaves instead of wage labor in the US south presented by the work of Fogel and Engerman (1974) already demonstrated the unnecessary dichotomy between slavery and capitalism. The interesting (implicit) hypothesis in the op-ed is the counterfactual argument that without the use of labor also as a capital, there wouldn’t be efficient collateral to raise credit.

I have several doubts about this argument, but I will write about the Brazilian part of this story on a subsequent post.

The source for the op-ed is also new and worth giving a look: http://www.ucl.ac.uk/lbs/

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Do we have to pay their schools with our taxes?

I was watching a great debate in Aljazaeera:

http://www.aljazeera.com/programmes/insidestory/

And I thought about this great paper:

Sun Go and Peter H. Lindert, “The Uneven Rise of American Public Schools to 1850”. Journal of Economic History 70, 1 (March 2010): 1-26.

So, it seems we are still in the fight.

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Dan Brown y nosotros (o de cómo y por qué los historiadores económicos brillantes en ocasiones escriben estupideces sin por ello ser estúpidos)

Cuando parecía que La Celeste se merecía el empate, La Roja acaba de meter el segundo, así que decidí dejar eso, y escribir esto, que hace tiempo tenía pendiente.

Presumo que ubican a Dan Brown, el autor de El código Da Vinci, y Ángeles y Demonios. Yo leí el primero en un fin de semana, y de ello puedo decir tres cosas: 1) Seguro que el tipo es brillante, muy inteligente, es decir, está en las antípodas de la estupidez, 2) es un tipo talentoso, escribe muy bien, 3) su trabajo es atrapante, pero desde el punto de vista literario es basura, o, si quieren algo más polite, no constituye aporte alguno.

Supongo que en algún momento, cuando fue  consciente de su talento, nuestro amigo se enfrentó a un serio dilema: ¿qué intentaría hacer de su vida? ¿buscaría realizar algún aporte a la literatura universal, o se “contentaría” con ser exitoso? Justamente porque es muy listo sabe que, si bien alcanzar ambos objetivos es posible, son realmente pocos lo que lo consiguen. Digamos que es más fácil ser Corin Tellado que Borges; de modo que el amigo Dan se concentró en ser exitoso, y le fue muy bien.

Se trata, creo, de un dilema que enfrentan todas las personas que intentan dedicarse a una actividad creativa. ¿Hacia dónde dirigir el esfuerzo? En el extremo opuesto de Dan Brown podemos recordar el caso de los impresionistas franceses, quienes lo primero que tuvieron en común fue que intentaron exponer sus obras en el salón nacional y fueron rechazados. O Van Gogh, de quién todos hemos escuchado que en vida sólo vendió un cuadro, y vivía gracias a la plata que le pasaba su hermano Theo.

¿A qué viene tanta cháchara? Viene a la crítica que Boldizzoni realiza al mainstream de la disciplina,  al comentario iracundo que suscitó en McCloskey, y a la forma en que yo veo ambas posiciones.

No se desprende del libro de Boldizzoni que él piense que los autores que critica sean tontos; y es uno de los defectos del comentario de McCloskey hacer esa acusación. Lo que Boldizzoni pone arriba de la mesa, y nosotros debemos preguntarnos, es si tal como están las cosas en nuestra disciplina es posible que personas muy inteligentes digan tonterías. En mi opinión la respuesta es sí (a modo de ejemplo, recordemos la tesis que adjudica la revolución industrial a las ventajas económicas derivadas de una suerte de gen burgués; o la tendencia a escribir “historia sin evidencia”, dando así razón a los posmodernos para quienes el relato histórico no se diferencia en nada de la novela).

¿Pero por qué no es extraño encontrar en nuestro campo a gente muy inteligente que escribe  y publica cosas sin valor alguno? En mi opinión hay un problema con los incentivos, y llamar la atención sobre él es un mérito del libro de Boldizzoni. Ello aunque su estilo atente contra su argumento (aunque no, paradojalmente, contra su impacto. Me pregunto si el libro hubiera llamado tanto la atención si no fuera tan agresivo).

Nosotros, cientistas sociales, no deberíamos subestimar la importancia de los incentivos, ni olvidar que ellos no sólo existen para los agentes económicos o los políticos; también los historiadores económicos se enfrentan a estructuras de incentivos que inciden, en mayor o menor medida, en el tipo de investigaciones que realizan.

Déjenme decirles cómo veo yo las cosas desde este rincón en el Sur, un lugar tan alejado de los centros académicos universales que hasta la gloria futbolística ha dejado atrás.

Básicamente identifico dos estructuras de incentivos. Una, dirigida a gente como nosotros; otra, dirigida a investigadores consagrados. La primera se trasmitió muy bien en la escuela de verano que compartimos aquí en Montevideo: tú joven investigador/a, véndete, no te arriesgues, mira qué discuten los economistas y aporta algo que ellos no tienen: una serie de más de treinta años. Si tienes suerte aparecerás en los agradecimientos de algún artículo escrito por alguien famoso, y a la larga conseguirás un puesto en alguna universidad.

La segunda: tu, investigador avezado, que ya has conseguido un puesto titular en alguna Universidad, debes ser exitoso, la cantidad de citas es la medida del éxito, y nada garantiza mejor una gran cantidad de citas que hacer afirmaciones polémicas, especialmente si tienen poco o ningún sustento. Así te asegurarás que mucha gente te citará para refutarte; a ti se aplica aquél aforismo qué tan bien conocen las vedettes aregentinas: no importa lo que digan, lo importante es que hablen de ti.

Si tengo razón, y estas estructuras de incentivos realmente existen, entonces ocurren dos cosas. Primero, se explicaría por qué es tan común ver, si no tonterías, sí afirmaciones tajantes, soluciones “definitivas” a problemas complejos basadas en poca o ninguna evidencia. Se explica también el uso masivo de “datos duros” de pésima calidad, a partir de los cuales se extraen conclusiones que se pretenden basadas en la evidencia, cuando tienen la misma solidez que las casas del cuento de los tres cerditos: alcanza con un soplido para echarlas abajo (si se necesita otro ejemplo, pongo dos: por un lado las estimaciones sobre crecimiento económico de Latinoamérica entre 1820 y 1870, que dependiendo del paper que leamos presentan una diferencia de 7 a 1 (0,5% en Prados contra 0,07% en Bates, Coatsworth & Williamson); otra, la construcción apresurada de “series” de desigualdad para países latinoamericanos en el largo plazo como las publicadas por Prados y FitzGerald)

Segundo, los incentivos apuntan a que los investigadores construyan carreras, no que realicen aportes al conocimiento; y esto es válido tanto para los “junior” como para los “senior”. Se nos dice, en suma, que nuestro modelo debe ser Dan Brown y no Van Gogh. Y nosotros, ¿quién queremos ser?

El libro de Boldizzoni tiene muchos defectos, y el estilo descalificador no es el menor de ellos –aunque en ese sentido McCloskey es peor-. Pero ello no debería impedirnos ver que alguno de los problemas que señala son reales. Siempre es útil hacer algo de crítica sociológica de la ciencia, más aún si pretendemos estar entre quienes la elaboran. No deberíamos ser ingenuos respecto a la importancia de los incentivos, ni pensar que porque quienes los definen son personas inteligentes entonces el resultado debe ser beneficioso para el progreso del conocimiento.

En nuestro caso, y aunque nuestra capacidad para incidir en las reglas de la disciplina sea prácticamente inexistente, el ejercicio crítico sirve para aclararnos a nosotros mismos qué modelo queremos adoptar.

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Sobre congresos y otras yerbas… (en respuesta a José Alejandro Peres Cajías)

(Siempre quise escribir una cosa como ésta, desde que leí el debate entre Miliband y Poulantzas hace añares, probablemente en otra vida inclusive. De más está decir que esto tiene la mitad de la complejidad que aquello, pero bueh, uno hace lo que puede… ¿cómo era que decía?… ah! sí: “de cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad”… creo que era algo así que rezaba la cita)

Estimado José,

Primero que nada, querido amigo, quisiera agradecerte, ya que nunca nadie citó algo que yo haya dicho y/o escrito, por lo que espero que los índices de citaciones sean generosos al mostrar este incremento en un 100% de mis citas que me has proporcionado con tu post.

No obstante lo anterior, y como toda cita no literal de un texto o, en este caso, de un comentario, la misma va cargada de una valoración interpretativa con la cual me permito discrepar.

Argumento mi discrepancia: No considero que los congresos de HE sean inútiles, muy por el contrario, mi “molestia” para con el congreso chileno en particular (que fue el que motivó el comentario), y con otros congresos latinoamericanos en general, deviene de que considero que los congresos son de las cosas más importantes que podemos tener en este proceso de permanente construcción del conocimiento científico. Es sencillo entender algo así con un ejemplo, entre otras cosas, a ti te conocí en un congreso, como a tantos otros de los que participan de este blog. Sin la gloriosa Summer 2010 nada de todo lo que hemos conversado y compartido sobre nuestros trabajos y nuestras vidas habría existido. Este espacio no existiría sin los congresos.

En congresos también he tenido la oportunidad de escuchar a gente muy encumbrada dentro de la disciplina, entre ellos, a algunos de los autores de los papers que refieres en tu respuesta a mi comentario.

¿Cómo entonces podría pensar que los congresos son inútiles? Imposible querido amigo, sencillamente imposible.

Mas aún, debido a que considero que son una instancia invaluable dentro de nuestra formación como académicos es que me siento en la obligación de plantear, aunque más no sea a través de un comentario en este foro, mi descontento ante eso que denominé en el mismo como “miopía epistémica”.

Permítaseme por un instante desarrollar este punto, el cual, lejos de argumentar en su contra con las recomendaciones de papers que hiciste, creo que estás llevando agua para mi molino. No leí los textos, sólo miré por arriba de lo que tratan. De cualquier forma, recomiendas un par de artículos que “marcan la cancha” (creo que esa es la expresión que usaste) sobre qué es lo que se hace en HE hoy en día.

Más allá de que puedan ser o no exhaustivos en su formulación (repito: no los leí), creo que el problema pasa porque alguien considere que lo que estos señores, con todo el respeto que me merecen todos, son los que marcan la cancha en lo que se hace en términos de una disciplina. Éstos y cualquier otro que venga a decir qué es lo que está bien, qué es lo que está mal, qué es lo que se debe y qué es lo que no se debe considerar “hacer historia económica”, da lo mismo de dónde provengan. ¿Por qué me molesta esto? Sencillo, porque los que cortan el bacalao, esos que marcan qué es lo bueno, lo justo y lo correcto, responden en muchos casos a intereses netamente particulares, no sólo personales, sino también de las instituciones a las cuales pertenecen. Marcar la agenda es una forma de aparataje, no se necesita haber pasado por 5 años en Ciencia Política para saberlo.

Éstos, que me dicen qué es lo que se estudia en HE, son los réferis “anónimos” las revistas, las publicaciones de las revistas (y en qué revistas lo hagas) es la forma, como ya sabemos, de evaluar nuestros trabajos –podemos estar de acuerdo o no con ello, pero es el método que se impone-. Ellos son también los que te admiten en los congresos, dándote o no la oportunidad de compartir tú trabajo y de enriquecerte de las miradas de otros sobre lo que estás haciendo, por lo tanto, son los que deciden, de alguna forma, si vas a tener una carrera o no dentro de la disciplina.

Me dirás, eso existe y ha existido siempre en todos los órdenes de la vida. Sí amigo, no soy tan naive como para no saber eso. Tengo claro que así funciona el mundo, lo cual no implica que no me moleste.

Mi problema pasa porque si unos cuantos de esos deciden que hacer HE es estudiar las cinco líneas de investigación que plantean como “lo que se estudia en la actualidad” como se dice en la convocatoria del congreso chileno, y en ellas no se contemplan un montón de líneas de investigación consagradas dentro de la disciplina (la cual por cierto la hacen sus métodos y su objeto, no lo que 4 o 5 vengan a decir que les gusta leer), entonces atentan contra mi libertad, no sólo para estudiar lo que quiera, sino también contra mi propia carrera.

¿Estoy siendo extremista? Quizás… tu sabes que no me caracterizo por ser muy amante de los grises, pero este tipo de actitudes las veo en más de un ámbito en los últimos tiempos, y cada vez me alarma más que se tome como algo dado, como si fuera natural que las cosas deben ser así.

Llegué a esta disciplina huyendo desde una en la que “si lo hace fulano entonces está bien, si lo hace mengano, no es ciencia”, me quedé en ella porque me gusta investigar y porque creo que tenemos mil cosas para aportarle al conocimiento científico desde la misma. Creo que tenemos un mundo por delante de cosas por decir, y por sobre todas las cosas, creo que la Historia importa, y la Historia Económica mucho más, pero me enoja profundamente que nos “corten las patas” porque a algún ser encumbrado (ya sea por su trabajo, por el simple paso del tiempo, o porque el que pega primero pega dos veces) venga a decir que se debe o no considerar un tema a “investigar en HE”.

Porque esos seres son los que te rechazan los artículos en una revista porque no usas tal o cual método, o son los que te tiran para atrás una ponencia en un congreso, o te comentan las mismas con la liviandad que da el “yo ya fui y vine 10 veces antes que vos” sin haberse tomado 10 minutos para revisar si lo que decís es o no acertado, o son los que no te avalan un proyecto de investigación porque no usa tal o cual marco teórico… podría seguir con una larga lista, que incluyera las cartas de recomendación, las tutorías, el acceso a las becas o a la financiación de proyectos, entre tantas otras, y cualquiera de esas cosas que menciono son, no sólo lo que nos gusta hacer (se supone) y lo que nos enriquece como profesionales, en algunos casos también son lo que nos da de comer y nos hace pagar las cuentas todos los meses, por lo tanto, discúlpame si me molesta cuando a nadie se le mueve un pelo ante estas cosas, cuando tu, que sos mi amigo y me conocés bastante, lees en mi comentario que considero que los congresos no sirven para nada, pero mi intención fue hacer notar que con este tipo de actitudes, no sólo nos están marcando la cancha, sino también una parte importante de nuestras vida.

Lucharla, claro que sí. No ser condescendiente y no dejar de decir las cosas cuando te rompen los ojos, es una forma de hacerlo, aunque haya pasado un poco de moda, o aunque no vaya a cambiar nada.

Abrazos yoruguas a la distancia,

S.

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Más sobre la metodología de la historia económica

Está claro que no somos los únicos que nos preguntamos qué pensar de ola de trabajos de historia económica surgida a partir los trabajos de la NIE:

http://pasadoypresenteblog.wordpress.com/2013/03/21/condiciones-iniciales-al-extremo/

Para mí el mejor trabajo de crítica histórica a estos acercamientos proviene de Gareth Austin:

http://www2.lse.ac.uk/economicHistory/pdf/Austin/Austin%20JID%20Reversal%20of%20F%20Compression%20of%20History%20Nov2008.pdf

 

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Acemoglu and Robinson comments on new Diamond’s book

Here you have the link:

http://www.democracyjournal.org/28/past-perfect.php?page=1

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O paradigma dos direitos de propriedade.

Antes de começar o post, quero parabenizar Leticia Arroyo Abad, colaboradora do blog que publicou mais um excelente artigo no Journal of Economic History.

Agora, de volta a programação normal.

Em um artigo no JEH de 1973, Armen Alchian e Harold Demsetz atestaram que historiadores econômicos poderiam contribuir muito para sanar a ignorância sobre três temas envolvendo direitos de propriedade:

(1) What is the structure of property rights in a society at some point of time?

(2) What consequences for social interaction flow from a particular structure of property rights?

(3) How has this property right structure come into being?

Partindo destes questionamentos, quero levantar algumas dúvidas que tenho sobre os estudos acerca da Lei de Terras no Brasil, de 1850, especialmente os textos clássicos de Emília Viotti da Costa e Warren Dean. O argumento dos autores é basicamente que as terras eram vendidas por um preço alto para dificultar a compra de terras pelos imigrantes recém-chegados. Por exemplo, segundo Dean (1971, p.613), citando políticos comtemporâneos à lei.  “any immigration scheme must force the Europeans to contract their labor to them rather than expend it on their own land in the West.” ***** Importante mencionar que Dean cita que algumas terras no Brasil tinham valores inferiores ao preço das terras públicas nos EUA durante a década de 1850.

A preocupação sobre a ocupação da terra devia-se ao aumento da entrada de estrangeiros no país através do estabelecimento de Sociedades Colonizadoras e medidas para facilitar a naturalização de estrangeiros (1850). O gráfico a seguir mostra o aumento do número de estrangeiros pós 1850.

ImigraçãoBrasil

Entretanto, dada a carência de séries de salários reais, os questionamentos que ficam com o estudo de Costa e Dean são: O valor das terras realmente dificultava a compra pelos imigrantes? Se existiam vários projetos de colônias de povoamento no país (Sul e Nordeste), o objetivo não seria facilitar o acesso às terras?

Em relação a ultima pergunta: como a lei era nacional, existia um conflito em estabelecer um preço para a terra que atraísse estrangeiros para as colônias de povoamento ao mesmo tempo em que alocasse trabalhadores nas fazendas de café. O que realmente estava acontecendo? Parte da resposta envolve o acesso ao crédito por parte dos estrangeiros.

Primeiro, utilizando alguns dados, podemos especular o valor real dos lotes nas colônias. Utilizando algumas publicações do ano de 1875, tem-se que um trabalhador rural no sul do país ganhava em média de 1$300 a 2$000 por dia. Os documentos informam que o consumo de alimentos envolviam gastos entre 300 a 400 réis por dia. Segundo o regulamento para as colônias no Império, aprovado pelo decreto n.3784 de 19 de Janeiro de 1867 (uma atualização da lei de 1854, que determinava o tamanho e preços dos lotes rurais e urbanos), o pagamento dos lotes dava-se em cinco prestações, a contar do fim do segundo ano do estabelecimento. O valor do terreno rural pequeno era de 300$000 (independente do local). Utilizando uma estimativa de 25 dias de trabalho por mês, com o trabalhador alocando 30% da sua renda para o pagamento da moradia (400 réis – utilizando o menor valor de salário -, lembrando que o pagamento do lote incluía ferramentas e uma casa de 1 cômodo), seria necessário um período de 30 meses para o pagamento total. Ou seja, o período de 2 anos sem pagamentos mais 6 meses utilizando o cálculo mais conservador.

Existem ainda muitas lacunas para conseguirmos ter forte evidência do valor real das terras brasileiras para os estrangeiros, mas esse cálculo especulativo apresenta alguma informação para elucidar a questão. O mais interessante no entanto, foi o que ocorreu depois do estabelecimento das colônias no sul do Brasil, onde o valor da terra começou a importar cada vez menos, pois os colonos simplesmente não pagaram sua dívida com o governo (mas isso é assunto para outro post).

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