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Dime a qué quintil perteneces y te diré cuánto pollo comes. Ingreso por quintiles en Chile y Uruguay

Motivado por el comentario de Pseudoerasmus a mi post anterior, agrego aquí una comparación entre los ingresos de Chile y Uruguay según dónde se ubique uno en la distribución.

Conocido es el cuento de que si un niño come un pollo, y otro no come nada, en promedio cada niño ha comido un pollo; pero la verdad es que uno tiene hambre y el otro no. Por eso importa estudiar la desigualdad.

De hecho, si miramos el Ingreso Nacional per cápita de Chile y Uruguay en 2011 (a dólares PPP), vemos que los chilenos comen más pollo que los uruguayos, es decir que su ingreso medio era mayor (Gráfico 1)

Ingreso Nacional per cápita en Chile y Uruguay en 2011.

Dólares PPP

GNI pc Chile Uruguay año 2011 dolares PPP 2011

Fuente: Banco Mundial

Ahora bien, como sabemos, Chile es un país más desigual que Uruguay. Efectivamente, según la base de datos de SEDLAC, el coeficiente de Gini del país trasandino (visto desde el Atlántico) era en 2011 de 0,508, y el de Uruguay de 0,433. Así que, aunque los chilenos coman más pollo en promedio cabe preguntarse ¿cuánto pollo come la clase media de cada país? Según la misma fuente, el quinto decil tiene en Chile un ingreso igual al 54% del promedio, mientras en Uruguay es del 68%, de ahí que el ingreso medio en el quinto decil sea superior en este último caso (Gráfico 2)

Ingreso en el quinto decil en Chile y Uruguay. Año 2011. Dólares PPP.

Ingreso del quinto decil Chile y Uruguay año 2011 dólares PPP 2011

Fuente: Calculado a partir de Banco Mundial y SEDLAC

Y lo anterior valdría para todos los quintiles, exceptuando el último, claro (Gráfico 3)

Ingreso por quintil en Chile y Uruguay. Año 2011. Dólares PPP.

Ingreso por quintiles Chile y Uruguay año 2011 dólares PPP 2011

Fuente: Calculado a partir de Banco Mundial y SEDLAC

En suma, que si estos cálculos están bien (que los hice un poco a las apuradas, a decir verdad) aunque en Uruguay se coma menos pollo, lo cierto es que el 80% de los orientales tienen la barriga más llena que sus colegas chilenos. Y eso que, más allá de los importantes avances que en materia de desigualdad ha tenido mi país en los últimos años, aún está lejos de ser un país igualitario según standard OCDE.

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Pasado y Futuro de Los Dueños de Chile

(Publicado en Revista Brecha, Montevideo, 27 de junio de 2014)

A inicios de 2007 la revista inglesa The Economist señalaba que Uruguay podría convertirse en el Chile del futuro, pero para ello debía elegir: el capitalismo dinámico del país trasandino era incompatible con el igualitarismo que los uruguayos parecían apreciar[1]. Si el crecimiento económico efectivamente requiere renunciar al igualitarismo, en ningún modo es algo probado –las formulaciones teóricas más recientes tienden a señalar lo contrario- pero lo que sí está claro es que el modelo de crecimiento instaurado por los Chicago boys durante la dictadura del General Pinochet hizo de Chile uno de los países más desiguales del mundo. De los 134 países para los que el Informe de Desarrollo Humano 2013 presenta datos de distribución del ingreso, Chile ocupa el 18º lugar en materia de desigualdad[2]. Ese nivel de desigualdad se explica en parte por la extrema riqueza de los muy ricos: si analizamos la magnitud de las grandes fortunas en relación al tamaño de su economía, la situación es aún peor[3].

América Latina constituye la región más desigual del mundo y muchas opiniones ubican los orígenes de tal situación en la historia profunda del continente. Así, se sostiene, durante la dominación colonial se implantó un entrado socio-institucional que cristalizó la situación de extrema desigualdad generada por la conquista. A partir de entonces, las elites habrían conseguido perpetuar su situación privilegiada, algo que se vería reforzado luego de la Independencia, cuando pudieran tomar en sus manos el control de los nuevos Estados[4]. A primera vista, Chile encaja perfectamente en este modelo explicativo[5]. El poder incontestado de la elite chilena desde el siglo XIX constituye un tema clásico de la historiografía de ese país. Las características aristocráticas de su sistema republicano de gobierno llamó la atención de un politólogo norteamericano a principios del siglo XX, para quien se trataba de un caso en el mundo, sólo comparable a la Gran Bretaña del siglo XVIII. Un poco antes, a fines del siglo XIX, Eduardo Matte Pérez –quién fuera Canciller- reconoció, en un ejemplo de honestidad intelectual difícil de observar en la actualidad, que “los dueños de Chile somos nosotros, los dueños del capital y del suelo; lo demás es masa influenciable y vendible; ella no pesa ni como opinión ni como prestigio”. En el presente sus bisnietos Eliodoro, Bernardo y Patricia Matte, se encuentran entre los 14 chilenos con fortunas mayores a 1.000 millones de dólares –un promedio de 2.500 millones cada uno.

Sin embargo, la historia es cambio y, ni el poder de la elite chilena, ni la desigualdad se han mantenido constantes a lo largo del tiempo (Gráfico 1). La misma soberbia de la aristocracia que gobernó al país durante la República Oligárquica -entre 1890 y 1920- alimentó el descontento social, primero entre los obreros –fue entonces que se produjo la masacre de Iquique- y luego de los sectores medios –especialmente a partir de 1914. De la alianza entre ambos sectores surgió el Frente Popular, una coalición de partidos de centro-izquierda que, con distintos nombres, gobernó el país entre 1939 y 1952, período durante el cual se aplicaron un conjunto de políticas redistributivas –dirigidas principalmente en beneficio de los sectores medios- que habrían reducido la desigualdad de ingreso. Luego de un impasse en los años cincuenta, el impulso redistributivo adquirió fuerza con la victoria del Partido Demócrata Cristiano en 1964 –cuando se avanzó, por ejemplo, en la reforma agraria y la sindicalización campesina- y, como es sabido, con el intento de construir el socialismo en democracia que liderara Salvador Allende entre 1970 y 1973. Así, en los treinta años que anteceden al derrocamiento del presidente socialista, el país se había embarcado, más allá de retrocesos puntuales, en un sendero de transformación cada vez más radical que se proponía terminar con el estado de situación que describiera Eduardo Matte a fines del siglo XIX.

Gráfico 1: Distribución personal del ingreso en Chile, 1850-2009

gráfico gini chile

Fuente: Rodríguez Weber 2014, Cuadro AE 1

El giro redistributivo tomado por la mayoría de la sociedad y del sistema político chileno fue terminado de cuajo luego de que la Fuerza Aérea de Chile bombardeara el palacio presidencial el 11 de setiembre de 1973. El golpe no fue en vano y bajo el mismo se produjo un proceso que raramente se observa: un cambio profundo y rápido en la distribución del ingreso. Mientras la represión, el desempleo y la inflación reducían los ingresos de la inmensa mayoría de la población; la corrupción, las privatizaciones y las nuevas reglas laborales facilitaban el enriquecimiento de la elite. Como consecuencia, de la dictadura surgió una elite poderosa, capaz de impedir los tímidos intentos redistributivos de los gobiernos democráticos. Lo ocurrido con la reforma laboral es sintomático a este respecto. La dictadura dejó un régimen legal ideado para debilitar la posición negociadora de los trabajadores. Su reforma fue una promesa explícita de socialistas y democristianos de cara a la primera elección democrática –en la que triunfarían- pero poco hicieron en este sentido. El Presidente Frei lo intentó, pero careció de las mayorías parlamentarias necesarias –en parte por la oposición de legisladores de su partido, la Democracia Cristiana. La reforma laboral volvió a tomar impulso con la victoria de Ricardo Lagos quien reiteró en varias oportunidades que la concretaría en los primeros cien días de gobierno. Sin embargo, una reunión con siete empresarios que le plantearon sus preocupaciones al respecto acabó con sus intenciones.

Hoy gobiernan Chile los mismos partidos que entre 1940 y 1973 desarrollaron un conjunto de políticas redistributivas, pero que renunciaron a hacerlo entre 1990 y 2009. Sin embargo y al igual que en las primeras décadas del siglo XX, la movilización social ha generado una realidad política que pone a la desigualdad en el centro de la agenda. Sabemos quiénes son hoy los dueños de Chile, los mismos que identificara uno de ellos, Eduardo Matte, hace más de un siglo. En qué medida lo seguirán siendo en el futuro, permanece en duda.

[1] The next Chile, The Economist, 1º de febrero de 2007, disponible en http://www.economist.com/node/8636271

[2] El índice de Gini -el indicador más utilizado para medir distribución del ingreso- puede asumir valores entre 0 y 1. Mayores valores indican mayor desigualdad. Sin embargo, los valores efectivamente observados fluctúan dentro de un rango mucho menor. Así, en el citado informe, el menor valor observado fue de 0,250 mientras el mayor fue de 0,658. En el caso de Chile es de 0,521, en el de Uruguay 0,453 –lo que lo deja en el lugar nº 37- mientras el promedio para los 134 países era de 0,404 (PNUD,  Informe de Desarrollo Humano 2010: Cuadro 3).

[3] Según la lista que publica anualmente Forbes, en 2013 había 12 chilenos entre las 1000 personas más ricas del mundo. Su riqueza total equivalía al 22% del PIB de ese país. Ello lo ubica en el 8º lugar –o 5º si quitamos a los tres países con un PIB inferior a 10.000 millones de dólares: Kitts and Nevis, Swazilandia y Mónaco.

[4] Se trata de una tesis antigua que ha adquirido renovado vigor en los últimos años. Ver De Ferranti et al. 2004 “Desigualdad en América Latina y el Caribe ¿ruptura con la historia?”, Banco Mundial.

[5] El siguiente análisis del rol histórico de la desigualdad en Chile se basa en la investigación desarrollada en el marco de mi tesis doctoral: La economía política de la desigualdad de ingreso en Chile, 1850-2009.

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