Reflexiones en torno al debate sobre el origen de la desigualdad latinoamericana y al rol que en el mismo le cabe al legado institucional colonial y a la Primera Globalización

persistencia desigualdad

En América Latina la desigualdad nunca ha dejado de ser un problema relevante, pero aunque existe consenso sobre su importancia, no lo hay sobre sus orígenes, sus causas, ni sus consecuencias. Lo ocurrido durante la Primera Globalización constituye un eje central en este debate. Es allí que Jeffrey Williamson –uno de los autores más prolíficos sobre la historia de la desigualdad latinoamericana- ha ubicado su origen. Respecto a sus causas, Williamson apunta a las fuerzas desatadas entonces, aduciendo que la especialización de los países latinoamericanos en bienes intensivos en recursos naturales benefició a los propietarios de dichos recursos.

De esta forma, los trabajos de Williamson (2010) –o de Dobado y García (2010)- desafían cierto «sentido común» según el cual la elevada desigualdad sería un rasgo muy antiguo y permanente de nuestro continente. Y es que, aunque antigua, la tesis del carácter estático y perenne de la desigualdad latinoamericana ha ganado espacio recientemente de la mano de los enfoques neo-institucionalistas. Según esta línea de argumentación, impulsada por autores como Engerman & Sokoloff (2012) o Acemoglu, Johnson & Robinson (2001, 2002), el origen de la desigualdad presente se ubica en las décadas siguientes a la Conquista, cuando se impusieron un conjunto de instituciones diseñadas para que la élite –los mismos conquistadores- pudieran extraer las máximas rentas posibles de la masa de trabajadores, aun a costa de un menor crecimiento económico de largo plazo. Este enfoque, que enfatiza el legado colonial como la explicación fundamental de la desigualdad presente en Latinoamérica, ha tenido amplia influencia, al punto que ha sido adoptada por organismos como el Banco Mundial (De Ferranti et al. 2004).

Pero según Williamson (2010)  este abordaje es equivocado, porque nada hay de singular en la desigualdad de Latinoamérica durante el período colonial. Es recién a fines del siglo XIX cuando, como consecuencia de la Primera Globalización, se produce el incremento de la desigualdad. De este modo, lo relevante en su opinión es explicar por qué la desigualdad no se redujo durante las décadas centrales del siglo XX, cuando así lo hizo en el resto del mundo.

Autores como Williamson (2010) o Dobado y García (2010) tienen razón al señalar que está lejos de haber sido demostrado que América Latina tuviera una desigualdad de ingreso comparativamente elevada antes de 1850. De hecho, es posible que tengan razón cuando sostienen que la poca evidencia disponible apunta a que durante el período colonial los niveles de desigualad eran similares a los de otras regiones comparables. Pero no es este el punto relevante. La discusión sobre cuándo cifrar el origen de la desigualdad latinoamericana es en realidad una discusión sobre sus causas y la dimensión temporal en la que actúan. Quienes destacan la centralidad de la Primera Globalización apuntan a que la desigualdad latinoamericana es el resultado de la interacción entre una determinada dotación de factores -caracterizada por la abundancia de recursos naturales- con la economía internacional. Se trata de una explicación eminentemente “mercadocéntrica”, en que las instituciones –como los derechos de propiedad sobre dichos recursos o las relaciones de producción entre los diversos actores- no son problematizadas ni explicadas, sino que se las considera algo dado, como el clima.

Estos enfoques llevan implícito, además, una concepción más bien simplista respecto al problema de la temporalidad en el devenir histórico. Asumen que sólo los procesos sincrónicos interactúan entre sí; es decir que para explicar la evolución de la desigualdad entre 1850 y 1870 debe apelarse a procesos que hayan ocurrido en esos años. Desconocen de ese modo el carácter multidimensional del tiempo histórico, caracterizado por la permanente interacción entre procesos diacrónicos y sincrónicos, lo que que se expresa en la influencia recíproca entre factores de corta, media y larga duración (Braudel 2002).

Y la importancia de la larga duración es justamente lo que reivindican los autores neoinstitucionalistas, quienes destacan el rasgo inercial de las instituciones y la capacidad de las élites para reproducir las condiciones que posibilitan sus privilegios. Aunque también es cierto que en su reivindicación del largo plazo suelen ir demasiado lejos. Uno siente que en su construcción argumental hay muy poco espacio para lo nuevo.

pies

De modo que criticar el falso antagonismo que se aprecia entre las dos líneas interpretativas que protagonizan el debate constituye la motivación central de este post. Efectivamente, no es necesario adscribir a la idea de que la desigualdad se mantiene incambiada desde el siglo XVI para reconocer que los procesos históricos y las instituciones legadas por el período colonial puedan seguir jugando un papel relevante mucho tiempo después, incluso en el presente. A su vez, señalar la importancia de procesos ocurridos en la segunda mitad del siglo XIX como la Primera Globalización, no implica necesariamente asumir que los mismos ocurrieron sobre una tabula rasa, en una sociedad sin pasado, sin historia, sin instituciones, ni estructura social forjada en los siglos precedentes. De lo que se trata, justamente, es de iluminar la forma en que los procesos de nuevo tipo, como la Primera Globalización, interactuaron con una estructura social e institucional que era el resultado de siglos de formación histórica. Por ello el problema relevante no es  a cuánto ascendía el Gini de la distribución del ingreso en la América Latina colonial, sino si rasgos y características –y en particular instituciones- conformadas durante el período colonial son relevantes para explicar lo ocurrido con la desigualdad después de 1850. Un problema que fue planteado por historiadores y economistas latinoamericanos mucho antes de su «descubrimiento» por parte de los autores de la corriente neo-institucionalista.

En este contexto, mi punto de vista -que traté de plasmar en mi tesis sobre desigualdad en Chile en el largo plazo– se aproxima a quienes destacan el rol de las estructuras de larga duración en la explicación de la evolución de la desigualdad de ingreso luego de 1850, pero sin olvidar que ésta se veía afectada, a su vez, por los profundos cambios y transformaciones que caracterizan al proceso de desarrollo. Mi argumento no descansa en afirmar la excepcionalidad de la desigualdad latinoamericana durante el período colonial pues, como bien señalan los críticos a la posición neo-institucionalista, no hay evidencia suficiente para sostenerla. Sin embargo, sin sostener que Latinoamérica, o Chile en mi caso, era más desigual en los siglos XVII o XVIII que la Francia de los borbones, el Japón de los sogún, o la Rusia de los zares, sí creo que las instituciones conformadas en ese período y vigentes en los siglos siguientes, en especial aquellas en que se anclaba el poder de la élite, constituyen un factor clave sin el cual no puede brindarse una explicación satisfactoria de las tendencias asumidas por la desigualdad durante el período posterior. Parafraseando a Williamson, la pregunta relevante no es si Latinoamérica se distinguía por su extrema desigualdad durante el período colonial, sino por qué características e instituciones conformadas durante la colonia, siguieron ejerciendo una influencia notable luego de 1850.

Pero constituiría un error pensar que las instituciones instauradas luego de la Conquista contenían ya lo que habría de suceder en los siglos venideros. Señalar que el entramado socio-institucional que incidió sobre la desigualdad desde mediados del siglo XIX tenía su origen en las relaciones de propiedad y subordinación impuestas en los siglos XVI y XVII, no supone sostener que aquellas se mantenían incambiadas desde entonces. Ni las instituciones, y mucho menos el conjunto del proceso histórico-económico latinoamericano de los dos últimos siglos, con sus logros y frustraciones, son nada más que el epílogo de la Conquista.

En suma, lo que se requiere para comprender la dinámica del desarrollo latinoamericano en general, y la elevada desigualdad que caracteriza a nuestro continente en particular, es analizar el proceso en su desenvolvimiento. Ello supone estudiar la dialéctica entre continuidad y transformación que caracteriza al devenir histórico, identificando qué papel juegan en ella a lo largo del tiempo los factores que se consideran relevantes.

Advertisements

Leave a comment

Filed under Uncategorized

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s